Una de las grandes debilidades de las finanzas sostenibles en la última década no ha sido la falta de compromisos, sino la ausencia de guías que permita convertir esos compromisos en estrategias reales y decisiones financieras consistentes. El desarrollo de diversos estándares, marcos voluntarios y etiquetas ha generado movilización de capitales, pero también división o confusión. En este contexto, el nuevo Marco de Referencia de la Unidad de Movilización Sostenible (UMS) publicado por la Secretaría de Hacienda y Crédito Público introduce un elemento clave que hasta ahora no se había considerado en la práctica: la alineación explícita y operativa a la Taxonomía Sostenible de México (TSM), como eje principal de asignación de capital.
El aporte central del informe no es conceptual, sino estructural. La TSM deja de ser un instrumento declarativo o de referencia externa y se plantea como un mecanismo técnico para clasificar actividades económicas, evaluar la elegibilidad de proyectos y dar trazabilidad al uso de los recursos. Este cambio es importante porque incorpora los criterios de sostenibilidad desde el inicio en los programas de financiamiento, en el diseño de instrumentos financieros y de políticas públicas.
En términos técnicos, el Marco propone que la alineación a la TSM se convierta en el punto de partida para identificar si una actividad contribuye de manera sustantiva a objetivos ambientales y sociales, si cumple con criterios mínimos de desempeño y si evita los impactos adversos significativos. Esto implica un cambio importante frente a enfoques anteriores, donde la sostenibilidad se evaluaba principalmente a través de indicadores agregados o narrativas de impacto difíciles de verificar. Aquí, la sostenibilidad se ancla a la naturaleza económica de la actividad financiada.
Este enfoque tiene implicaciones directas para el sistema financiero. La alineación taxonómica permite reducir la ambigüedad en la clasificación de activos, mejorar la comparabilidad entre instrumentos y fortalecer la credibilidad de productos como bonos sostenibles, créditos etiquetados y esquemas de financiamiento mixto. Incluso, introduce una lógica de coherencia entre política pública y finanzas privadas, al vincular explícitamente los flujos de capital con prioridades nacionales de desarrollo, transición y resiliencia.
Desde una perspectiva macro-financiera, este punto es especialmente relevante. La falta de alineación entre objetivos de política climática y criterios financieros ha sido uno de los factores que explican por qué el capital no ha fluido con la escala necesaria hacia actividades de adaptación, transición y naturaleza. El Marco de Referencia de la UMS sugiere que la taxonomía puede funcionar como una infraestructura habilitadora, capaz de traducir objetivos estratégicos en decisiones de inversión replicables y escalables.
Otro elemento técnico importante del informe es su énfasis en una visión amplia de sostenibilidad. La alineación a la TSM no se limita a mitigación climática, sino que incorpora dimensiones sociales, de resiliencia y de desarrollo económico. Esto resulta particularmente pertinente para economías emergentes, donde las decisiones de financiamiento deben equilibrar la reducción de emisiones con crecimiento, inclusión y estabilidad. En este sentido, el Marco evita una lectura binaria de lo “verde” y propone un enfoque más cercano a la lógica de transición y desarrollo sostenible.
No obstante, el propio informe reconoce que la alineación a la TSM no es automática ni exenta de desafíos. Requiere capacidades técnicas para evaluar actividades, disponibilidad de datos confiables a nivel de proyecto y coordinación entre autoridades, intermediarios financieros y originadores. Sin estos elementos, existe el riesgo de que la taxonomía se convierta en un ejercicio de cumplimiento formal sin impacto real en la asignación de capital.
Aun así, el mensaje de fondo es claro, la etapa de lineamientos, principios y experimentación conceptual en finanzas sostenibles está llegando a su límite. El sistema necesita herramientas que ordenen, prioricen y aporten mayor disciplina a la acción financiera. En ese sentido, la alineación a la TSM no es una tarea más, sino el siguiente paso y la condición necesaria para avanzar hacia una implementación creíble y a escala.
Desde la perspectiva del CMFS, este avance refuerza una idea central: no basta con movilizar más recursos; es indispensable movilizarlos de tal forma que podamos contabilizar los montos asignados y las brechas de financiamiento en cada sector económico. En general, cuando las taxonomías se integra de manera operativa a los programas de financiamiento y de inversión, como propone el Marco de Referencia de la UMS, se cuenta con una base técnica para lograrlo.
El reto ahora no es definir en qué medida debemos alinear las finanzas a la sostenibilidad, sino asegurar que cuando hablamos de financiamiento o inversión sostenible, aseguremos que existe un marco de alineación a la taxonomía, lo que permitirá desarrollar productos y reportar de manera consistente, de tal forma que se traduzca en estrategias y decisiones de asignación de capital que descansan en un marco sólido, con una lógica de prioridades nacionales de desarrollo, de transición y resiliencia.
En un contexto donde la acción climática enfrenta crecientes desafíos bajo tensiones políticas y financieras, contar con una arquitectura clara puede marcar la diferencia entre esfuerzos dispersos y una transición verdaderamente ordenada. La alineación a la taxonomía es, en ese sentido, menos que un ejercicio técnico y más una señal de madurez del sistema financiero y de las finanzas sostenibles del país.
Autoría: Ana Paula Cosio
Puesto: Coordinadora de Comunicación y Redes