COP30: de la ambición climática a la implementación financiera

La COP30, celebrada en Belém, Brasil en noviembre 2025, marca un punto simbólico y político clave: se cumplen diez años del Acuerdo de París y, con ello, se agota el margen para seguir postergando decisiones difíciles. El reciente reporte de Responsible Investor plantea un diagnóstico claro y, al mismo tiempo, incómodo: el mundo no solo se le está acabando el tiempo para cumplir los objetivos climáticos, sino que el sistema financiero aún no logra entender la urgencia climática con decisiones de inversión coherentes, especialmente cuando falta una gestión eficiente en materia de riesgos físicos y de adaptación.

El mensaje central es contundente: la ambición climática ya no es el mayor problema; la implementación sí lo es.

Riesgos físicos: el elefante en la habitación

Uno de los aspectos más relevantes del reporte es el énfasis hacia los riesgos físicos del cambio climático. Inundaciones, sequías, incendios y olas de calor ya no son escenarios hipotéticos, sino eventos recurrentes con impactos económicos cuantificables. Las cifras presentadas son alarmantes: tan solo en la primera mitad de 2025, las pérdidas económicas globales por desastres naturales superaron los 160 mil millones de dólares.

Sin embargo, el reporte también evidencia una brecha crítica: los inversionistas siguen careciendo de datos consistentes, comparables y “listos para la toma de decisiones” que permitan incorporar estos riesgos en la valuación de activos y portafolios. El exceso de modelos retrospectivos, la falta de información a nivel de activos y cadenas de valor, y la dificultad para traducir riesgos físicos en métricas financieras concretas siguen siendo obstáculos estructurales.

Para países como México, altamente expuestos a huracanes, estrés hídrico y olas de calor, esta limitación no es menor. Ignorar o subestimar los riesgos físicos del cambio climático implica distorsionar precios y asignar capital de forma poco eficiente y, en última instancia, aumentar la vulnerabilidad del sistema financiero considerado ya este riesgo como un riesgo sistémico.

Más financiamiento… pero mal distribuido

El reporte reconoce avances importantes: el financiamiento climático global ha crecido de forma acelerada y podría superar los 2 billones de dólares anuales. No obstante, la mayor parte de estos flujos sigue concentrándose en mitigación, mientras que la adaptación, la cual es clave para economías emergentes y territorios vulnerables con desastres evidentes, continúa retrasada.

Este desbalance es especialmente relevante para América Latina. Adaptar infraestructura, sistemas productivos y ciudades no es solo una necesidad climática, sino una condición para la estabilidad macroeconómica y financiera de los países. Desde la perspectiva del CMFS, esto refuerza la urgencia de desarrollar instrumentos financieros, marcos regulatorios y taxonomías que refuercen el financiamiento y la inversión climática, que destinen el capital necesario hacia soluciones de adaptación y resiliencia. La infraestructura del futuro necesita del financiamiento público-privado, a la par de nuevos modelos de seguros y garantías y, sobre todo, de mayor innovación en incentivos y esquemas fiscales.

Del discurso a las reglas del juego

A diez años del Acuerdo de París, la COP30 también llega en un contexto político complejo: tensiones geopolíticas, fatiga regulatoria y cuestionamientos al enfoque ASG en algunas jurisdicciones. Frente a ello, el reporte subraya una demanda clara del sector financiero: menos ambigüedad y más claridad regulatoria.

La estandarización de definiciones, la alineación de taxonomías y la coherencia entre políticas climáticas y financieras son condiciones indispensables para reducir incertidumbre y movilizar capital con la escala adecuada. En este sentido, iniciativas como la adopción de estándares internacionales de divulgación climática y el fortalecimiento de capacidades técnicas en mercados emergentes son pasos en la dirección correcta, pero insuficientes si no vienen acompañados de voluntad política y coordinación internacional.

¿Qué significa esto para México?

Para México, la COP30 representa una oportunidad estratégica. No solo para elevar su ambición climática, sino para integrar de manera más sólida el riesgo climático en la toma de decisiones financieras, tanto públicas como privadas.

El mensaje del reporte es claro: el costo de la inacción ya no es abstracto ni es una estimación futura, está aquí, es medible y crece exponencialmente. Desde el CMFS, coincidimos en que el reto no es demostrar que el cambio climático importa y es un desafío sin precedentes, sino construir marcos, normativas, datos e incentivos que permitan al sistema financiero responder con la velocidad y la escala que la realidad exige.

La COP30 no debería ser recordada por nuevos compromisos declarativos, sino por marcar el inicio de una etapa donde las finanzas y el clima dejen de ser tratados por separado y se conviertan en un eje central de la arquitectura financiera global.

Autoría: Ana Paula Cosio